Buscar con honestidad

Mc 1, 14-20

En un sentido profundo, la búsqueda es signo de ignorancia, porque nace de nuestra identificación con el yo separado y, por tanto, con la carencia. Sin embargo –en una muestra más de nuestra constitución paradójica o de los “dos niveles” que nos constituyen–, necesitamos buscar para llegar a comprender que la búsqueda es innecesaria. Ahora bien, en este camino, ¿cómo buscar?

En la literatura teísta hay un cuento que habla de un joven que estaba decidido a ver a Dios. Se puso en camino y encontró a un anciano sabio al que le preguntó cómo conseguirlo. El anciano le pidió que lo acompañara hasta un lago que se hallaba cerca. Una vez dentro del agua, puso sus manos en la cabeza del joven y empujó con fuerza hacia abajo hasta sumergirla por completo. Tras unos momentos que al muchacho se le antojaron eternos, el anciano aflojó la presión y dirigiéndose a él le preguntó: “¿Qué es lo que más deseabas cuando estabas debajo del agua?”. “El aire”, respondió el joven. “Pues bien, concluyó el anciano, hasta que no desees a Dios con la misma fuerza con que deseabas el aire nunca lo podrás encontrar”.

La búsqueda sincera es sumamente exigente. Requiere entrega radical, atención plena, desprendimiento de todo lo demás que pudiera entretenernos o distraernos. Lo cual no significa abogar por un camino “ascético” –en el sentido habitual que se le da a este término– ni privilegiar la renuncia. Más bien al contrario, es la puerta que abre a una vida en plenitud y en coherencia con lo que realmente somos.

Estos rasgos parecen apreciarse en el texto evangélico, un relato estereotipado de seguimiento. Seguramente, las cosas no sucedieron así –ni en la forma de llamar ni en la forma de seguir–, pero al autor le interesa subrayar las actitudes: abandonar todo lo demás y convertirse en “pescadores de hombres”.

Al soltar, nos entrenamos en la desapropiación y la gratuidad, rasgos característicos de la búsqueda honesta. Y eso nos va convirtiendo en “pescadores de hombres”, es decir, en personas que ayudan a vivir a otras, liberándolas del “mar” de la confusión y del sufrimiento.

Y ahí se descubre la “buena noticia”: el “Reino de Dios” ya está aquí. Ya somos aquella plenitud –la “búsqueda de Dios”, en el cuento inicial– que impulsó nuestra búsqueda. Su comprensión ha transformado nuestro modo de ver y de vivir: esa es la “conversión”.

¿Cómo es mi búsqueda?

Enrique Martínez Lozano

www.enriquemartinezlozano.com