Juzgar y ser juzgados

Yo era adolescente, y aunque mi colegio era laico y mixto estábamos participando de un retiro para chicas (un grupo humano con muchos conflictos de comunicación: chismes, críticas abiertas o solapadas, actitudes discriminatorias…). Desde mi introversión padecía muchísimo ese entorno. Un entorno que el monje supo captar al vuelo. 

En la reunión inaugural, nos invitó a sentarnos en fila en un amplio salón. Allí, haciendo absoluto silencio, nos miró a todas con una sonrisa apenas dibujada, deteniéndose en los ojos de cada una… Entonces tomó una hoja perfectamente blanca y una lapicera a cartucho, que desenroscó muy despacio. Apoyó la hoja sobre el escritorio y apretó el extremo del cartucho suavemente, hasta que una gota de tinta azul manó por la pluma, estampándose en el papel. Una vez seca, tomó la hoja, y, pasando por entre los bancos, nos preguntó a cada una: “¿Qué ves?”. La primera contestación fue: “¡UNA MANCHA!”. Como él asintió con su cabeza, esa respuesta se multiplicó hasta hacerse unívoca. Al terminar de preguntarnos a todas, dijo algo inesperado: “Suponía que responderían eso. Se equivocan: lo que ven NO ES UNA MANCHA. Es UNA HOJA MANCHADA.”

Sus palabras se imprimieron en mí de un modo indeleble. Porque también yo me posicionaba ante los demás poniendo el acento en su mancha… Ver sólo la mancha es ignorar el contexto: negar la completud del otro, lo que el otro es integralmente. Esa mirada nos hace perder de vista lo mejor de los demás (y, con ello, lo mejor de nosotros mismos). 

Como persona, pero también como terapeuta, tuve que aprender a expandir mi visión para procurar ver la hoja antes que sus eventuales manchas. Pues, así como existe el etiquetamiento del otro en forma primitiva y cotidiana (tal como sucede en el chisme o en la actitud discriminatoria), hay algo más sofisticado, pero igual de nocivo, que se decora con conocimientos intelectuales: basta con saber algo de Psicología, Astrología, Tipologías o similares etcéteras, para poner la lupa en la mancha y dar un “diagnóstico autorizado”.

Y, justamente, en “la hoja” que se ha perdido de vista están los recursos para que la supuesta mancha pueda ser disuelta, o bien incorporada como un rasgo funcional en la identidad de esa persona. La Psicología ha tendido a funcionar rotuladoramente durante décadas, y así es como aún se entrena a la mayoría de los terapeutas en las universidades (con honrosas excepciones). La resultante está graficada en lo que me dijo una vez una paciente: “Mi analista, si yo llegaba a la sesión puntualmente me decía que era un rasgo obsesivo; si llegaba tarde, que saboteaba mi tratamiento; y si llegaba temprano, que tenía dificultades para manejar mi ansiedad”. ¡Ay!

El Sistema nos educa para que circulemos por la vida como con un detector de yerros y defectos instalado en las pupilas. Juzgarse o juzgar impide comprenderse y comprender. Así, la vida que uno vea será, inevitablemente, una tortuosa exposición de manchas, desarrollándose una ceguera especializada en hermosuras (las del otro, y las propias). 

Una práctica que marcó mi vida a este respecto es la de SUSPENDER EL JUICIO. Es decir: el juicio EMERGE AUTOMÁTICAMENTE POR SÍ SOLO. No se puede DECIDIR NO JUZGAR. Pero sí se puede, una vez que emerge, NO “COMPRARLO” como evidencia de la realidad. Para eso hace falta desarrollar una AUTOOBSERVACIÓN lo más profunda y constante que uno pueda (eso se va entrenando en el día a día). Y no juzgarnos por juzgar: ese juicio también necesita ser suspendido. Juzgar simplemente sucede. De hecho, un prejuicio ¡tarda solo ¼ de segundo en producirse! Pero una cosa es que acontezca… y otra SOSTENERLO como evidencia de la verdad de quien el otro es. Se vuelve una práctica maravillosa, que transforma nuestro vínculo con los demás y con nosotros mismos.

Virginia Gawel*

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