La única verdad es la realidad (por Pablo Antonelli)

El panorama es este y, aunque los mismos de siempre −la clase rica, desde sectores de poder  y con los acomodadores de la opinión pública a la vanguardia− intenten hacernos creer que puede llegar a cambiar, es evidente que no: de presentarse a las elecciones presidenciales de octubre, Cristina Fernández de Kirchner, en representación del modelo nacional y popular, ganará por escándalo. Hasta más de un opositor, con palabras o hechos, ha dejado ver que es así: Macri y Pino Solanas no pudieron continuar la farsa y solo les quedó el  camino de bajarse para no sufrir la humillación que padecerá “Ricardito” Alfonsín –tal vez porque para el Radicalismo nacional ya esté haciéndose costumbre sacar  un lamentable dos o tres por ciento; otros, enceguecidos de ambición, tejieron alianzas vergonzosas y se estafaron entre ellos, como es el caso de Eduardo Duhalde y Alberto Rodriguez Saa, cuya poco creíble unión finalizó con denuncias de fraude; Reuteman –una vez más− amagando, dejando ver, bajando la cabeza, especulando, no teniendo el coraje ; Carrió…bueno, ¿hace falta hablar de Carrió?; hay algunos otros, un grupo amontonado de candidatos sin renombre que –sabe− no tiene nada y sigue adelante por otras cuestiones que poco tienen que ver con esperanzas de triunfo.

Y este es el panorama; este, no otro, porque es lo que hay, aunque las tapas más compradas y economistas/futurólogos sigan pronosticando caídas estrepitosas del dólar y aumentos siderales y estancamiento productivo y fin de las relaciones con el resto del mundo, que nunca llegan. Y este panorama aterra. Aterra a Clarín, aterra a La Nación, a la Sociedad Rural, a los megaempresarios en limusina con champagne, a los buitres que no satisfechos con los noventa quieren más.

Aterra, escandaliza, molesta. Y aterra escandaliza molesta porque es un gobierno que no se arrodilla, ni dice “sí, amo”; porque es un gobierno que no se obnubiló, que no se dejó amedrentar con el rigor de la asistencia perfecta, año tras año, a la exposiciones rurales de Palermo o al coloquio de IDEA; porque atiende a las necesidades sociales (Asignación Universal Por Hijo; estatización del sistema previsional; aumentos a los jubilados, a los docentes, a los trabajadores); porque es un gobierno que nos devolvió la memoria, la decencia y el valor justicia (no se trata de descolgar un cuadro, se trata de un revisión sincera a nuestra historia, se trata de las madres y abuelas que nadie escuchaba, se trata de los torturadores asesinos que paseaban libres, de fechas y motivos extranjeros); porque es un gobierno que volvió a instalar el debate (hoy se habla de política; se habla y se discute, hoy se puede levantar la mano y pensar diferente) y volvió a seducir a una juventud −por entonces− decepcionada y negada.

Y es imperativo que Cristina se presente como candidata; no por la persona, sino por el modelo.  Este modelo de inclusión y desarrollo es lo que Argentina necesitaba y, aún hoy −sobre todo hoy− necesita. Este modelo (de políticas que atienden al pobre por sobre políticas que atienden al turista; de políticas que atienden al estudiante por sobre políticas que regalan la patria; de políticas que apalean el hambre por sobre políticas que matan a pobres; de políticas que construyen hogares por sobre políticas que regalan empresas) debe continuar y ser profundizado. Y decir que debe ser profundizado es reconocer que hay cosas por hacer, pero sabiendo que este es el camino para hacerlas; es aceptar con honda pena la injusticia que asedia a los Quoms o el horror de las mineras, pero saber que esta es la senda por la cual esas tristes realidades pueden cambiar; es saber que debemos dar mil pasos al frente pero sin retroceder ni uno solo, porque volver atrás sería volver a los asesinatos impunes de los setenta, a la hiperinflación de los ochenta, al vaciamiento y a la marginalidad de los noventa, y que estupidez sería volver a todo aquello cuando, hoy, el panorama (la realidad) es tan distinto, diametralmente distinto.

PABLO ANTONELLI.