El valor de la palabra (*)

El escritor uruguayo, Eduardo Galeano, alguna vez ha dicho: “…La palabra es un arma y puede ser usada para bien o para mal; la culpa del crimen nunca es el cuchillo…”

Habitualmente, pueden observarse comentarios agregados al pie de los artículos periodísticos de diferentes diarios, revistas, portales y blogs de Internet, a través de los cuales (en su mayoría) se dirigen insultos y, o descalificaciones a periodistas, columnistas, personas relacionadas con la noticia, y cuántos más vaya uno a saber.

Llama la atención, que muchas veces estos agravios ni siquiera refieren a los temas tratados en las notas, sino que aluden, sin más, a la vida privada de los sujetos involucrados.

Peor aún, suelen dispararse desde el anonimato.

En febrero de este año, la Sra. Jueza Nacional en lo Civil de la Capital Federal, Dra. Graciela Amabile Cibils sentenció contra las empresas Google Inc y Google Argentina S.R.L por los contenidos publicados en un blog que afectaban la imagen del Gerente de una empresa, considerando que la libertad de expresión debe ejercerse dentro de sus límites y bajo la responsabilidad de quien ejerce tal derecho, resultando responsable el organizador que impide el acceso a la identificación del trasgresor.

Para la Dra. Cibilis identificar a los usuarios es esencial a los fines de  no convertir a la red en un espacio para la conducta “dañosa e impune” debiéndose tener en cuenta que la Convención Americana de Derechos Humanos (art. 13, inc. 2) establece que se deben respetar los derechos y la reputación de los demás.

También el inciso 2 del artículo 13 de la Convención Americana de Derechos Humanos establece que la libertad de pensamiento y expresión no puede estar sujeta a censura previa sino a responsabilidades ulteriores.

Asimismo, a principios del 2012 los legisladores del estado de Nueva York propusieron un proyecto de ley tendiente a prohibir la publicación de opiniones anónimas, obligando además a los administradores de los sitios web de Nueva York a eliminar, previamente, los comentarios que habían sido publicados en su página web, salvo que el usuario accediese a identificarse y ratificar sus datos personales.

En definitiva, se encuentran en juego derechos personalísimos tales como el derecho a la imagen, a la honra de la persona y a la libre expresión.

Desde otro ángulo, los comentarios dañinos no aportan datos ni opiniones que sirvan al mejoramiento de la información, pues – a mi juicio – se reducen a la mera descarga de emociones de una persona anónima.

Pero, para los emisores de estos mensajes anónimos, ¿cuál será el VALOR de sus PALABRAS?

Uno puede suponer, que no se sienten libres de exponer públicamente sus ideas, o que respondiendo a otros patrones morales de conducta, utilizan abusivamente el anonimato para disparar misiles contra un enemigo, supuesto merecedor de sus agraviantes palabras. Para algunos esto podría ser libertinaje pues una de las patas de la libertad es que el ser humano libre responde por sus actos, presupuesto que no se da en un comentario anónimo en que las palabras han sido utilizadas para mal, en términos de Galeano, no haciéndose cargo de ellas persona alguna.

Inmediatamente -surgen para mí – nociones de LENGUAJE, LIBERTAD, VALORES, COMUNICACIÓN.

Es que la palabra es sinónimo de libertad. Quizá ahí su valor más preciado;

Nos permite ser y conocer al otro;

Forma parte de la fase final del proceso de conocimiento y hace posible la concreción del desarrollo de una idea;

Por tanto, resulta necesario valorizar la palabra, recuperar su fuerza. De nosotros depende, del conjunto de personas que conforman un pueblo, una nación.

Una forma de darle valor es asumir con nombre y apellido las consecuencias de nuestros dichos, sobretodo, cuando se expresan a través de un medio de comunicación masivo para criticar a personas debidamente identificadas.

Otra podría ser, teniendo en cuenta algunas máximas de la conversación similares a las establecidas para poder participar en distintos foros de Internet: que la contribución que se haga sea la VERDAD, lo más INFORMATIVA posible, ser CLARO, que sea PERTINENTE AL TEMA.

Así, recuperando la palabra, en todos sus sentidos, podríamos al fin, avanzar notoriamente en el fortalecimiento de lazos y vínculos sociales.

No es requisito entonces tener título, ni profesión alguna. Tampoco pesan cuestiones de género, raza, religión, ideologías políticas, posición socio económica, de los interlocutores que han decidido discutir en público y por escrito un hecho periodístico.

Es por ello que debemos rescatar el valor y poder de la palabra ya que desde ella podemos formar, sostener y cultivar un pensamiento crítico que nos garantice la posibilidad de decidir y opinar libremente, sin quedar cautivados por discursos dominantes ni recurrir al anónimo para escupir rabias.

En palabras de Confucio (pensador chino  551 a.C – 479 a.C): “Cuando las palabras pierden su significado, la gente pierde su libertad.”

(*) Karina del C Elorriaga

D.N.I 20.915.522