Para el enfermero de condición y vocación: El recuerdo para Horacio Iriarte

Vestido impecable, con su blanco delantal se desempeño en las distintas áreas del antiguo hospital Dr. Alejandro Posadas de nuestra ciudad. Prestigioso y reconocido por sus superiores nunca perdió la humildad, esa que tiene los grandes. Los que como el daban cátedra de dignidad cuando frente al que sufría y estaba a su cuidado no dejaba nunca espacios en blanco, iba y venia curando, cambiando, conteniendo al paciente como al familiar.

Cuando llegaba un nuevo o nueva enfermera este hombre de blanco, enseñaba todo lo referente a la enfermería sin guardarse nada, así de generoso y buena persona era.

Mano derecha de muchos de nuestros queridos maestros ya desaparecidos que seguramente hoy están junto a él.

El dr. Eduardo de Santibáñez, Dr. Ricardo Galliani, entre otros. El querido y admirado por mi Dr. Luis María Chiurazzi al que a su lado me hice mejor enfermera, como en su momento lo fue Horacio. Y al que tengo la alegría de poder cruzarlo por las calles de la ciudad.

Horacio era el enfermero orquesta, como se trabajaba en aquellos tiempos, de pronto estaba en la sala de urgencias, calmo organizado, prolijo.

Su jerarquía era cabo enfermero, jamás se la creyó trabaja a la par como todo el mundo, sin gritos, sin broncas, sin protestar.

Esterilizaba todo el material de quirófano y guardia, cuando no se contaba con los elementos modernos que se usan hoy día. Todo lo hacia con responsabilidad y criterio.

Lo que mas rescato de Horacio es su solidaridad con los pacientes que por aquellos años necesitaba el famoso y bienvenido antibiótico, una tal Penicilina. Se inyectaba cada cuatro horas por vía intramuscular y era efectiva para las distintas patologías que el medico creía conveniente indicar y tan dolorosa como eficaz.

Y ahí iba Horacio con su cajita de metal donde agujas y jeringas se volvían a esterilizar para volver a ser usadas. Después se comenzó con los elementos descartables, cuando el fantasma de las enfermedades de trasmisión sanguínea tomaron cuerpo y muchas se han vuelto flagelo.

21 de noviembre, en todo el mundo se celebra el día de La enfermera, en homenaje a aquella mujer, que en la guerra de Crimea, curaba a los soldados heridos, sin descanso. Se la nombraba también como la dama de la lámpara, porque recorría una a una las carpas donde los heridos o moribundos pernoctaban.

Por suerte, también hubo y hay enfermeros hombres, a quienes saludo y respeto.

Pero esta vez quise homenajear a ese compañero de lucha, de trabajo y de compromiso con el prójimo. Un ejemplo de vida laboral, personal y familiar. Un accidente le impidió seguir con su labor pero la llamita de su saber y del amor por la enfermería solo se apago cuando un día quiso partir.

Aquí los más grandecitos te recordamos como en aquellos días cuando vestirse de blanco y tomar el turno era dejar afuera lo personal y meterse de lleno en la noble tarea de cuidar, acompañar y respetar al que sufría. Tarea que como el mejor hiciste y ya vez has dejado huella, sino yo no te estaría escribiendo.

Marta B. Macchi