Abrirnos a la fe

 

Las cosas más profundas sólo se perciben con la fe, sólo se entienden con la luz del Espíritu, sólo se aceptan cuando nos dejamos tocar la mente con su gracia.

Esas cosas más sublimes no se captan con las percepciones sensibles y van más allá de los sentimientos que uno pueda tener.

Por eso, si uno va a Misa y no se siente cómodo, si no experimenta sensaciones maravillosas o no se emociona, no tiene que pensar que allí no hay nada importante. Simplemente es algo que supera tus estados de ánimo, tus sensaciones físicas o tu percepción humana.

Sólo tienes que aceptar en la fe que en ese momento sucede algo precioso, algo sobrenatural, algo misterioso, más real que todo lo que puedas experimentar. Sólo tienes que quedarte allí y dejar que el Señor te bendiga, te fortalezca, te purifique, aunque no sientas nada.

Piensa en este ejemplo: si un día te levantas muy mal del estómago, si te duele la cabeza y sientes náuseas, no puedes decir que por eso ya no amas a tu esposa. Por supuesto, no tendrás deseos de acostarte con ella, y no sentirás nada extraordinario por ella, pero eso no quiere decir que el amor se haya muerto. Igualmente, lo que puedas sentir cuando oras o cuando recibes la comunión no basta para medir la importancia de ese momento ni la perfección de tu fe. Tu fe sólo se manifiesta cuando aceptas que ése es un momento inmenso y sencillamente dejas que el Señor actúe en ti como él quiera.

VMF