Ser luz

La luna se deja iluminar por el sol y así puede reflejar esa luz. Si no fuera así, la luna estaría siempre oscura, como si no existiera. Nosotros la vemos, nos guiamos en la noche gracias a su luz, porque ella refleja los rayos que recibe del sol.

Nosotros también tenemos dos opciones: podemos optar por ser oscuros o por reflejar la luz del Señor. Podemos pasar tiempo en su presencia, dejarnos iluminar por su Evangelio, permitir que su presencia transforme nuestra vida y de esa manera nuestras acciones, nuestra mirada y nuestros gestos comenzarán a ser reflejos de luz para los demás. Eso son los santos. En ellos vemos algo de la hermosura, el amor, la alegría, la fuerza del Señor. Dice la Biblia que cuando Moisés salía de sus diálogos con Dios tenía el rostro lleno de luz. La gloria del Señor se manifestaba en su rostro (Ex 34,29-35).

Pero lo que sucede con nosotros es mucho mejor que lo que le pasa a la luna, porque ella no es transformada por la luz del sol. Nosotros, en cambio, somos purificados, renovados y embellecidos por la gracia de Dios. Cuando nos dejamos iluminar por Dios, esa luz no nos deja iguales, nos va convirtiendo en nuevas criaturas.

VMF