Alabanza

 

“¡Santo, Santo, Santo!” Ésa es la alabanza de los cielos y la tierra. Ése es el canto de millones de ángeles felices y extasiados en adoración celestial. Es el canto de los santos que tanto lo aman. Ése es, también, el canto de todas las criaturas de la tierra, que lo alaban sin palabras, por el solo hecho de existir. Todo el universo con su hermosura, canta: “¡Santo, Santo, Santo!”.

Decirle a Dios esas palabras es afirmar que en él todo es puro, todo es fuerte, todo es limpio, todo es precioso, todo es luminoso. En él no hay lugar para la falsedad, para la mentira, para el egoísmo, para la miseria, para la injusticia. En él no hay nada de lo que nos molesta o desagrada, nada de lo que nos indigna o fastidia. Y en él está todo lo que nos admira y cautiva, todo lo que nos atrae, pero infinitamente más bello. Por eso podemos decirle con nuestros labios “¡Santo, Santo, Santo!”.

Es bueno repetir esas palabras mientras tratamos de penetrar en la santidad de Dios, mientras nos dejamos asombrar por tanta gloria. Repitamos una y otra vez esas palabras hasta que se nos alegre el corazón.

VMF