Huellas de una promesa

 

En el Adviento escuchamos las promesas de Dios, tal y como nos las transmitieron los profetas. Allí se nos anuncia que en medio del desierto brotará agua, que las espadas serán forjadas en rejas de arado y que el lobo y el cordero, la pantera y la cabra convivirán pacíficamente. No son simples ilusiones con las que los profetas quieren embaucarnos. Más bien, son sueños en los que descubrimos nuestras propias posibilidades. Son sueños que Dios tiene de nosotros. Y nos imaginamos en el Adviento los sueños que Dios tiene de nosotros para permitirnos más posibilidades. Así percibimos aquello de lo que somos capaces. Cuando venga Dios, el desierto de nuestro corazón florecerá, en medio de nuestro vacío y de nuestra aridez, brotará un manantial que nos dará vida. O, como expresa otra imagen del profeta, que constantemente se usa en estos días; el rocío caerá del cielo y fecundará la tierra. Para los justos caerá lluvia desde las nubes del cielo para que germine una nueva vida, para que nuestro mundo vuelva a ser habitable.

El desierto en flor y el rocío fecundante fueron, para Israel, las imágenes que describían la venida de Dios. En nuestras latitudes, la oscuridad y el frío se convirtieron en símbolos de nuestro mundo que espera la llegada del Señor. En la oscuridad, no podemos orientarnos más, nos sentimos desamparados, abandonados. No encontramos el camino a casa. En la oscuridad, nos aferramos a aquellas personas que están cerca de nosotros, para no caer en un pozo.

Por eso, es un mensaje liberador cuando Isaías nos dice: “el pueblo que anda a oscuras, ha visto una gran luz”. Estas palabras pueden apaciguar nuestro temor, pueden traer luz a nuestra oscuridad.

A.G.