Deformaciones del silencio

 

Puede considerarse el silencio desde diferentes puntos de vista: como pasividad en el hablar, como actitud interior de recogimiento, como lucha contra actitudes erróneas y como acción positiva (algo como el acto de soltar). El silencio como una acción activa no consiste en no hablar ni pensar más, sino en soltar nuestros pensamientos y nuestro hablar. Cuando alguien calla, no se nota en las pocas palabras, sino en la capacidad de soltar. A veces, quien calla exteriormente se niega a soltar, que es lo que importa realmente en el silencio. Se retrae en su silencio para no ser agredido o para evitar la lucha de la vida, para poder aferrarse a sí mismo y a su imagen ideal de sí.

Para muchos, el silencio es una regresión, una retirada hacia la ausencia de responsabilidad que se vive en el regazo materno. Este peligro acecha, sobre todo, a los jóvenes que se prescriben, desde muy temprano, el silencio como la única salida. Quieren sentirse protegidos en el silencio, se niegan a que la lucha diaria destruya sus sueños. Así, el silencio e convierte en un obstinado aferramiento a sí mismo.

Quien habla se expone siempre a los demás, ofrece un blanco de ataque, sus palabras pueden ser criticadas, ridiculizadas. Puede decir algo inoportuno con sus palabras. Hay quien calla por orgullo interior, para no dejar en evidencia sus flaquezas a través de sus palabras. No puede soltarse a sí mismo ni tampoco puede soltar la imagen de su perfección. Sería mejor para él si corriera el riesgo de meter la pata, alguna vez, con sus palabras. Si descubro lo ridículo de mis palabras y si puedo agradecer a Dios por haber metido la pata con mis palabras, podré soltarme realmente.

A. G.