Tiempo para hablar, tiempo para callar

 

Actualmente, demostramos mucha comprensión por el sentido sanador del desahogo. Como muchas personas no pueden comunicarse de verdad, deben aprender nuevamente a desahogarse y a experimentar, en el desahogo, la liberación de tensiones interiores. Para muchos, el no poder hablar sobre lo que los hiere en lo más profundo es un problema. Se tragan todo, se tragan el enfado, el dolor, la decepción, se vuelven amargados en su interior y, por eso, tienen úlceras gástricas. Para ellos, sería importante aprender a hablar sobre sí mismos y sobre sus heridas.

Pero también puede ser de ayuda soportar, primero, los problemas en silencio y no hablar enseguida sobre ellos. Al hablar, también uno puede complicar los procesos y las secuencias interiores. Para muchos, es hasta una adicción divulgar todo sobre la vida de su alma, cultivan sus problemas al mostrarlos a todo el mundo. Para los monjes, el silencio tiene una función terapéutica. El silencio busca tomar distancia frente a la aflicción y el enfado, ayuda a reconocerse a sí mismo sin transferir el enfado inmediatamente al prójimo, sino que lo retiene para sí para analizarlo. Antes de reaccionar con enfado por los demás hay que indagar, en silencio, la causa de nuestro propio enfado. Debemos recapacitar primero si nuestro encono se debe realmente al comportamiento del prójimo o si la causa está en nosotros mismos, si reaccionamos desproporcionadamente ante la palabra hiriente del prójimo.

El silencio podrá ayudarnos a tomar distancia de nuestro enfado y de nuestro encono.

AG