Cuando supero mis límites

Conversando con un visitante noto enseguida si soy libre en mi interior o no. Si me entrego al otro con total libertad, estaré completamente presente. Y no sentiré exigencias. Simplemente estaré allí y escucharé. Y si siento la necesidad de decir algo, pues las palabras saldrán por sí solas. Después de haber hablado, me siento gratificado y le agradezco a Dios por este regalo. Pero si traspaso mis límites, si solamente voy a la reunión porque lo prometí o porque no me animo a decir que no, enseguida me sentiré cansado y consumido. Y surgen sentimientos de enfado e insatisfacción, porque esa persona me consume y quiere algo de mí. Dudo de que la conversación tenga sentido. Pienso que el otro me está usando.
Puedo intentar entregarme de lleno a ese instante y liberarme de todos los pensamientos anteriores y de todas las emociones negativas. A veces lo logro. Pero a veces, los sentimientos son también un indicio importante de que he traspasado mis límites. Y debo tomar en serio este indicio. Pues sería una expresión de mi libertad prestar mejor atención a mis sentimientos cuando hago una promesa, es decir, si solamente me estoy comprometiendo porque no quiero herir al otro o porque me agrada ser consultado, o porque, de este modo, quiero agotar mis propias necesidades. La libertad no es un trabajo que puedo realizar, sino la expresión de lo que yo vivo, tal como puedo y según mis limitaciones y, al mismo tiempo, según mis capacidades y mis fuerzas.
AG