Hace frío en la casa del amor

 

La verdadera libertad consiste en amar desinteresadamente. Pero muchas veces, en nombre del amor, se somete la libertad y se ejerce poder. Si, por ejemplo, un sacerdote en una reunión parroquial alega ante cualquier conflicto que debemos amarnos unos a otros, ésta es una forma sutil de ejercer poder. No permite que aflore el conflicto, reprime toda oposición. Les transmite un sentimiento de culpa a quienes quieren discutir entre sí con total sinceridad. En semejante atmósfera “del amor prescrito desde arriba”, no puede pelearse, no puede expresarse libremente su opinión. Lo mismo ocurre en ciertas congregaciones. Se sanciona toda opinión contraria afirmando que Cristo nos pide que nos amemos unos a otros, que seamos todos uno. Se confunde el amor con unidad forzada. La verdadera unidad nace siempre de la sana tensión de las divergencias. Pero cuando, en nombre del amor, se intenta evitar toda tensión desde el vamos, el amor se convierte en tiranía y en presión.

Es curioso que a veces en conventos en los que siempre se habla del amor, sea donde menos se ame. Muchas veces, reina un clima de agresión y de irritación. No es libertad, sino adaptación. No es unidad, sino presión. Una vez un empleado dijo lo siguiente en relación con la congregación en la que trabajaba y que se denomina a sí misma “casa del amor”: “Desde que somos una casa del amor, aquí hace cada vez más frío”. Si el amor no está marcado por la libertad, esta libertad no es el amor del que Jesús nos habló y que nos predicó con su ejemplo. La ley perfecta de la libertad de la que nos habla Santiago debe ser el fundamento de nuestro amor, y para que seamos libres y no esclavos de nuestro miedo ante la mala conciencia.

El amor que Cristo nos predica no es el amor de esclavos, sino el de hermanos y hermanas libres, es el amor que nace de la libertad y hacia ella nos lleva.

AG