Un puente para los demás

 

Lo que rige en una congregación, también rige para la comunidad de un matrimonio. Y muchas veces, se destruyen matrimonios porque se los llenó de conceptos ideales. Muchos cristianos piensan que un verdadero matrimonio cristiano debería vivirse con rezos conjuntos, con un amor sin fin, con constante consideración, con la predisposición a perdonar y a aceptar al otro nuevamente, pero también con la predisposición a renunciar y a llevar una vida sencilla. Si bien estos ideales son todos buenos, cuando se los reclama al otro, uno se siente sobreexigido y sobreexige al otro. Pues, entonces, no son las parejas el problema, sino las concepciones utópicas del matrimonio. Cuanto más se exijan por alcanzar su ideal, tanto más difícil les resultará la convivencia. Porque quieren vivir el ciclo de a dos, se hacen un infierno la convivencia.

La fe no quiere exigirnos con concepciones utópicas, lo que busca es interpretarnos nuestra vida de forma diferente. No debemos resignarnos ni tampoco desistir de la idea de un matrimonio cristiano. Más bien, debemos aceptar con humildad que somos personas, que también tenemos deseos totalmente egoístas, que nos sumergimos en elucubraciones que no cumplen con nuestros ideales. Debemos acep0tar los hechos, tal como son. Así podremos interpretaros desde una nueva óptica. Entonces descubriremos que, a pesar de los roces, uno es el puente del otro hacia Dios; que, en nuestra frialdad de sentimientos, está también el anhelo de un amor vivo y que en nosotros está la fuente del amor divino que puede reavivar nuestro amor finito y limitado.

AG