Conócete a ti mismo

 

En la historia de la espiritualidad hay, entre otras, dos corrientes. Hay una espiritualidad desde arriba y otra desde abajo. Espiritualidad desde abajo significa que Dios no solamente nos habla en la Biblia y a través de la Iglesia, sino también precisamente a través de nosotros mismos, a través de nuestros pensamientos y sentimientos, a través de nuestro cuerpo, de nuestros sueños y, además, a través de nuestras heridas y nuestras supuestas debilidades.

La espiritualidad desde abajo fue practicada, sobre todo, en la vida monástica. Los primeros monjes comenzaron tratando sus propias pasiones, empezaron conociéndose a sí mismos para poder conocer al verdadero Dios y así ir a su encuentro. Evagrio Póntico formula esta espiritualidad desde abajo con esta clásica frase: “Quieres conocer a Dios, antes conócete a ti mismo”. Elevarse a Dios pasa por descender a la propia realidad hasta alcanzar las profundidades del inconsciente. La espiritualidad desde abajo no ve el camino hacia Dios como una calle de una sola dirección en la que siempre se llega a Dios. Más bien, el camino hacia Dios conduce por extravíos y por rodeos, pasando por fracasos y decepciones de uno mismo. No es mi virtud la que me abre, sobre todo, ante Dios, sino mis debilidades, mis desvanecimientos y hasta mis pecados.

La espiritualidad desde arriba comienza con los ideales que nos proponemos. Parte de objetivos ideales que la persona debe alcanzar por medio del ascetismo y la oración. Se toman los ideales del estudio de las Sagradas Escrituras, de la teoría de la Moral de la Iglesia y de la concepción de uno mismo. La cuestión básica de esta espiritualidad desde arriba es la siguiente: ¿Cómo tiene que ser un cristiano? ¿Qué debe hacer un cristiano? ¿Qué posiciones debe adoptar? La espiritualidad desde arriba nace del anhelo humano de ser cada vez mejor y ascender cada vez más alto, de acercarse cada vez más a Dios.

A.G.