Soledad y miedo: fuentes espirituales

 

Hay miedos que, necesariamente, se dan con la existencia humana: el miedo a la soledad y el miedo a la muerte. En estos casos, debe permitirse el miedo y seguirlo hasta llegar al fondo. En lo más profundo, estoy solo. Hay ámbitos en los que nadie puede seguirme. Allí, me siento solo. Hermann Hesse entiende la condición de ser humano como una condición de estar solo: “La vida es estar solo. Ninguna persona conoce al otro, cada uno está solo”. Para Paul Tillich, la religión es lo que cada uno hace con su soledad. Cuando me reconcilio con mi soledad y con mi miedo a la soledad, puedo, entonces, descubrir el secreto de mi existencia: “Quien conozca la soledad extrema, conocerá las últimas cosas (Friedrich Nietzsche). La soledad, estar solo, puede llevarme a vivir la profunda experiencia de que soy uno con todo. Finalmente, mi soledad me remite a Dios. El filósofo católico Peter Wust lo experimentó en su última soledad en el umbral de su muere: “Creo que el motivo de toda la soledad humana es la nostalgia por Dios”. En la muerte, estamos solos, “Morir es la última y plena soledad. Morir nos aísla y nos permite sumergirnos en la más extrema soledad (Christian Schütz). Por ejemplo, la soledad podría desafiarme a que me entregue de lleno a Dios. Entonces, la soledad se volvería fructífera, se convertiría en la fuente de mi espiritualidad.

A pesar de la fe en la resurrección, siempre estará allí el miedo a la muerte. Puedo permitirme este miedo y decirme: “Sí, moriré. Puedo morir en un accidente, de cáncer o de un infarto. Pero, al fin y al cabo, no puedo protegerme de todo ello”. Si lo permito, me veré obligado a reflexionar sobre mi existencia como ser humano: ¿de qué está hecha mi vida, cuál es el sentido de mi vida?

A.G.