Ver las decepciones como posibilidades

 

De tanto en tanto, la vida nos decepciona. Nos decepcionamos de nosotros mismos, de nuestras frustraciones. Estamos decepcionados de nuestra profesión, de nuestro marido o de nuestra mujer, de nuestra familia, del convento, de la parroquia. Hay quienes reaccionan con resignación ante la decepción. Simplemente se conforman con la vida tal como es. Pero en su corazón, se va muriendo, poco a poco toda vitalidad, toda esperanza. Se entierran los sueños de la vida. También la decepción puede llevarme al tesoro. Quizás me libere de las ilusiones que me hago de mí mismo y de mi futuro. Quizás estuve mirando todo desde un prisma de color rosa y ahora la decepción me quita ese prisma y me muestra la verdad de mi vida.

La decepción desenmascara el engaño en el que había caído y lo elimina. Me muestra que mi imagen de mí mismo no es cierra, que me he estimado mal. Así, la decepción es la oportunidad de descubrir mi verdadero ser; la imagen que Dios se ha hecho de mí. Por supuesto que la decepción primero duele. Pero, a través del dolor, puedo aprender a reconciliarme con mi realidad y, así, a vivir conforme a la realidad.

A.G.