En mis heridas crecen perlas

 

“Ostras heridas originan perlas de sus heridas sangrantes. Transforman el dolor que las desgarra en una joya” (Richard Shanon).

En mis heridas, crecen las perlas. Pero sólo podrán nacer en mí si me reconcilio con mis heridas. Si obstinadamente aprieto los dientes para cerrar mis heridas, no podrá crecer nada allí dentro. Muchas veces, duele estar en contacto con mi herida. Noto mi impotencia por sacármela de encima. Estará siempre en mí, aún cuando haya cicatrizado. Pero si acepto mi herida, podrá transformarse en una fuente de vida y de amor.

Allí donde estoy herido, también estoy vivo; allí donde me siento, allí también siento a los demás. También puedo permitir que los demás ingresen en mi herida: el encuentro y el contacto se hacen realidad, y esto puede curar también a los demás. Solamente el médico herido puede curar, así lo afirmaban los griegos. Si soy fuerte, nadie podrá ingresar en mí. Si estoy quebrado, Dios podrá irrumpir, y las personas podrán ingresar en mí. Allí entro en contacto con el verdadero sí mismo, con la imagen que Dios se ha hecho de mí.

A menudo, vivimos con la ilusión de poder curar todas nuestras heridas. Y usamos, entonces a Dios para que cure nuestras heridas. Por curación, entendemos que las heridas se cierran y que no las percibimos más. Mientras no cicatricen, damos vueltas en torno a nuestras heridas y nos adentramos cada vez más en ellas. Le reprochamos a Dios que haya permitido estas heridas. Recién cuando estamos dispuestos a reconciliarnos con nuestra herida, podrá convertirse en una entrada hacia el interior, en una entrada hacia un espacio incólume y sano en el que Dios mismo habita en nosotros.

A.G.