Siempre con los mismos problemas

Noto que, en mi espiritualidad desde abajo, se introduce furtivamente la ambición de que pueda cambiar por mí mismo, de que encuentro yo mismo el camino hacia Dios, si bien de una forma diferente de cuando era joven, pero lo hago yo mismo. La espiritualidad desde abajo sería justamente cuando reconozco no haber encontrado jamás un método para redimirme por mí mismo ni para transformarme por mí mismo. Más bien, debo decirme a mí mismo que a pesar de todos los esfuerzos espirituales, a pesar de todos los libros que escribo, andaré dando vueltas siempre con los mismos problemas, no podré dejar jamás mi sensibilidad ni mi ambición. Tan solo con este reconocimiento de mi impotencia, puedo abrirme realmente para Dios. Aquí noto que mis manos solamente se abren para entregarme a Dios.

Por eso, me llegaron tan hondo las palabras finales de la novela “El ocaso de un amor”. En esta novela, el escritor, que se había enamorado de Sara y ahora, tras su muerte, se encontraba tomando un vaso de cerveza junto con el marido de ella, elevaba esta plegaria: “Oh, Dios, has ido bastante lejos, me has robado demasiado. Me siento muy cansado y muy viejo como para vivir de nuevo el amor. Por eso, te pido que me dejes solo para siempre”. Tras todas las aventuras amorosas con sus amantes, al final del romance, sólo le queda entregarse a Dios. No fue su virtud la que le brindó esta experiencia de Dios, sino el fracaso de su amor prohibido.

Del mismo modo, el párroco rural de la novela de George Bernanos implora a Dios: “Estoy completamente desnudo, oh Señor, como sólo Tú puedes hacerlo, pues nada se escapa de tu temeroso cuidado, nada escapa de tu temeroso amor” (Bernanos George, Diario de un cura rural). En algún momento, me sentiré cansado de tantos intentos por cambiar. Entonces, mi intento por abandonarme a Dios no será ya virtud de la cual pueda sentirme orgulloso, sino que será la expresión de estar completamente desnudo.

A.G.