Atento a los pedazos denuestra vida

Fracasar puede decepcionarnos de nosotros mismos. Pero esta decepción podría abrirnos a la gracia de Dios que vuelve a erguirnos. Por eso, con justa razón, en el final del capítulo IV, donde san Benito enumera todas las obras que podemos hacer nosotros mismos para formarnos y para prepararnos a la gracia de Dios, dice que la herramienta más importante es el arte espiritual de “no desesperar jamás de la misericordia de Dios”.

Obviamente, sabía que el ascetismo puede llevarnos con facilidad a la desesperación por no alcanzar lo que queremos. Pero normalmente, nos relacionamos de otro modo con nuestros errores y con nuestros fracasos. Nos condenamos a nosotros mismos o cerramos los ojos ante ello. Sería importante tomar con cuidado los pedazos de nuestra vida. De ellos, puede renacer algo nuevo.

Algunos, justamente en la mitad de la vida, tienen la impresión de que están sentados ante una parva de vidrios rotos. Y, generalmente, reaccionan con resignación. Pero estos pedazos pueden ser pegados nuevamente. Quizás, la vieja capa de nuestra vida es demasiado delgada. Quizás, tenía que romperse. El fracaso puede tomarse en oportunidad. Muchas veces, aprendemos más de nuestros fracasos que de nuestros éxitos.

Una vida exitosa, según C. G. Jung, es el peor enemigo de la transformación. De los fracasos y de las frustraciones reconocemos que sólo Dios puede construir su casa de las ruinas de nuestra vida, la casa de su gloria.

No he de hacer mucho. Dios es quien me transforma, quien, por mi fracaso y por mis pecados, por mis frustraciones y decepciones, me abre para sí y para que yo finalmente deje de confundir a Dios con mi propia virtud, y me entregue a Él con todo mi ser.

A. G.