Transformemos, no modifiquemos

El ascetismo monástico es un ascetismo de la transformación y no de la modificación. Modificar es algo violento. Quiero cambiar, porque así como soy no soy bueno; quiero hacerme de otro modo, quisiera ser otro. La transformación es más suave. Todo puede ser, todos los pensamientos y los sentimientos, todas las necesidades y las pasiones sólo deben ser transformadas. Transformarme significa que me percato de mis necesidades y de mis pasiones y las pienso hasta el final, las siento completas. Así descubro lo que realmente significan.

Si siento mi ira hasta el final, al final de mi ira habré entrado en contacto con la compasión que siento por el otro. Entonces puedo perdonar de verdad porque me percato de que el otro también es sólo una persona. En cambio, si no me permito la ira, sentiré en mí sólo rechazo y animadversión a pesar de todos los intentos que haga por perdonar al otro. Solamente la ira que he sentido hasta el final puede transformarse en compasión y perdón.

Solamente puede transformarse lo que se contempla. Los monjes no reprimen nada, aceptan todo, pero intentan percibir, en las pasiones, la fuerza que viene de Dios. Transformación significa que lo concreto traspasa lo pasajero, atraviesa los papeles que desempeñamos y las máscaras que nos ponemos. La transformación trata de descubrir, en los sentimientos y en las pasiones, en las fortalezas y en las debilidades, en los deseos y en las necesidades, lo que quiere ser, lo que puede salir de auténtico y genuino en los bloqueos y en las situaciones de peligro de mi vida.

A. G.