Es bueno que haya fiesta

La parábola de hijo pródigo (Lc 15, 11-32) explica el misterio de la Vida. La Vida es el banquete que Dios nos ofrece, porque estábamos muertos y hemos vuelto a la vida, estamos perdidos y hemos sido hallados.

Vivimos de lo que nos ha regalado de sí, de su ser. Pero nosotros lo hemos malgastado. Nos hemos marchado a un país lejano, nos hemos alejado de nuestra esencia, hemos alienado nuestra dignidad y hemos saciado nuestra hambre con comida barata. Vivimos en el extranjero y nos llenamos de cosas que, en el fondo, no nos satisfacen.

Sabemos que hay otro lugar al cual pertenecemos, hacia allí vamos cuando hacemos silencio y buscamos en nuestro interior porque estamos yendo hacia nosotros mismos; hay un lugar que, al decir de Santa Teresa, sólo se encuentran Dios y el alma, verdadera alegría, auténtico banquete.

Pero la fiesta recién será perfecta cuando el hermano mayor pueda aceptarla. El hermano mayor puede ser una imagen de nosotros cuando nos perturbamos porque Dios manifiesta su bondad a los demás, aunque no la haya merecido. Puede también ser la imagen de una parte de nosotros. Pues ambos hijos son dos aspectos de nuestra alma que deben estar unidos entre sí.

Es que no hay mérito que valga. Podemos despilfarrar pero ser sinceros, auténticos y también podemos parecer correctos pero en el fondo estar llenos de arrogancia y a la vez desprecio y resentimiento por el que no es como nosotros.

Tenemos que pasar del mérito a la gracia, todo en nosotros es pura gratuidad y por eso deberíamos vivir siempre en actitud de agradecimiento y de una mirada abierta y misericordiosa con todos los que “creemos que se equivocan por ser como son”.

Dios es amor y nos ama siempre, sin condiciones, su amor es un amor absolutamente gratuito, así debemos aprender a amar y la vida será una verdadera fiesta.