La fiesta podría ser un espejo

 

Si todas las estaciones fueran iguales, no tendrían sentido. Si el domingo fuera parte de la cotidianeidad, se estropearía también la cotidianidad; la cotidianidad se volvería vacía y árida y perdería su sentido. El sentimiento de la falta de sentido, que hoy está ampliamente difundido, se debe seguramente en parte a que ya no se celebran fiestas que se destaquen del tiempo, fiestas en las que irrumpa algo más importante, en las que se vislumbre el sentido del todo, porque nos sabemos tocados por Dios. Desde la fiesta, se proyecta una luz sobre el resto del tiempo. Se reviste de una calidad diferente.

A menudo, se escucha decir que uno no puede forzar sus sentimientos, que no puede alegrarse como quien cumple una orden, que no puede alegrarse simplemente porque sea Navidad o Pascua. Pero tampoco es necesario que, en Navidad, nos enfrasquemos en un sentimiento de alegría. Más bien, se trata de que nos permitamos vivir un misterio que es independiente de nosotros, que enfrentemos la festividad tal como nos sentimos en ese momento lo que sale de allí, no lo tendremos a la mano. Pero ahora, de todos modos, nos hace bien encarar la festividad. Pues de otro modo, seguiremos viviendo así, cultivando la desgana y la falta de sentido sin poder ir al fondo de este sentimiento. La fiesta es un espejo en el que debemos mirarnos. Y si Navidad nos encuentra en nuestra profunda soledad, también tiene un sentido. De todos modos, es mejor llegar a la raíz de nuestra soledad enfrentando la festividad, que evitándola siempre. Desde la raíz, también puede producirse la curación.

A. G.