Un Dios ofendido

La redención fue considerada desde la culpa, sobre todo, en la Teología occidental. Tertuliano y san Agustín colocaron esta visión en el centro para el Occidente. Anselmo de Canterbury desarrolló la clásica teoría de la satisfacción que trata de explicarle a nuestra razón por qué Jesús nos redimió de nuestra culpa con su muerte en la cruz. Anselmo intentó con justa razón adaptar el mensaje de redención a su tiempo y explicarlo de tal forma que fuera inteligible para nuestra razón.

Claro está que su teoría fue muchas veces distorsionada. En la cabeza de muchos, la teoría se representaba más o menos así: el hombre ofendió por su culpa a Dios. No puede corregir su culpa, porque es una ofensa infinita. Solo el Hijo de Dios puede hacer una reparación infinita de la culpa. Hoy, nos negamos, con justa razón, a la idea de Dios que necesita el desagravio de su hijo para poder salir de su rinconcito y perdonar su ofensa.

Sería una imagen fatal de Dios, si Dios necesitara la muerte de su Hijo para poder perdonar. Anselmo tampoco lo entendió así. Para Anselmo no se trata del Dios ofendido, sino de la libertad de la persona. ¿Cómo podrá reencontrar su libertad y su dignidad la persona que ha pecado? Anselmo busca, desde la fe, una respuesta que satisfaga también la razón. La fe que busca entendimiento es, para él, la base de su teología. Anselmo demuestra que Dios toma tan enserio la persona en su libertad que se entrega a él en su sentencia sobre sí mismo. En la cruz de Jesucristo, Dios elige transmitir el perdón que alcanza el corazón humano y que permite reconocer, lleno de agradecimiento, que debo terminar con mis reproches sobre mí mismo, con mi autorrechazo, con mis sentimientos de culpa.
A. G.