Cruzando la montaña

La Biblia nos describe en muchas historias de encuentros cómo se transforma la persona cuando se encuentra con Dios o con Jesucristo. En el encuentro con Dios, los profetas encuentran su camino y se presentan con esta nueva conciencia de sí mismos. En el encuentro con Jesucristo, las personas se sanan, se levantan, encuentran el valor de decirse sí a sí mismas y descubren su sagrada dignidad. En el encuentro con Jesús, los pecadores se sienten aceptados por Dios y se aceptan a sí mismos. De repente, son libres de entregarse a Dios y de compartir sus posesiones con los pobres (conf Lc 19 1-10).

Lucas nos describe en el encuentro de María e Isabel cómo se transforman las personas en el encuentro. María debe primero dejar su casa, debe abandonar todo lo que protege y detrás de lo cual podría esconderse. Debe salir de sí y cruzar las montañas: las montañas de sus inhibiciones y de sus miedos, las montañas de sus prejuicios y los muros entre ella e Isabel. Sólo podrá llevarse a sí misma. Deberá ser ella misma sin un entorno protector, para llegar completamente al otro y encontrarlo. Y cuando Isabel sale a su encuentro y la saluda, el niño salta de gozo en su seno.

Allí llega Isabel a sí misma, allí entra en contacto con su esencia genuina, con su verdadero sí mismo, con la imagen que Dios se ha hecho de ella. E Isabel reconoce, al mismo tiempo, el misterio de María. Le habla a María. Le explica cómo ve ella su vida. Y María responde con el Magníficat en el que expresa el misterio de su vida desde Dios.
A. G.