Un encuentro con Dios

El segundo paso de la oración sería el encuentro con Dios. Muchas veces creemos que Dios nos conoce desde hace tiempo. Hace tanto que venimos rezándole. Hemos oído bastante de Él y podemos imaginarnos quién es ¿Pero coincide todo lo que sabemos de Dios con el verdadero Dios? ¿O simplemente proyectamos nuestros deseos y anhelos a Dios? ¿Provienen nuestras imágenes de Dios de nuestra educación o de la fantasía de nuestro propio corazón? Por un lado, necesitamos imágenes para imaginarnos a Dios y poder encontrarnos con Él. Pero por otro lado, debemos superar estas imágenes y llegar al verdadero Dios. No debemos imaginarnos a Dios tan tierno, tampoco como un compañero al que le damos una palmada en el hombro. Es el Dios infinito, el Creador del mundo.

Podemos pensar a Dios sólo en términos de contradicción. Dios es el Creador infinito, pero también es el que se ocupa ahora de mí, el que ahora me contempla con amor. Dios es el que ha creado el enorme Universo, pero también está en mí, es más íntimo en mí de lo que yo soy en mí mismo. Dios es el Padre misericordioso que me recibe con amor, pero también es el Señor ante quien no me queda más que caer postrado. Dios me es familiar, porque se me ha manifestado y porque lo he encontrado en mí mismo; pero, a la vez, es otro totalmente diferente, que no está a disposición, que no puede ser comprendido, que siempre está cuestionando nuestros dogmas teológicos.
Si verdaderamente encontramos a este Dios y no los conceptos de nuestra teología, nos irá como Job, que debió convertirse tras sus luchas con Dios: “Te conocía sólo de oídas, más ahora te han visto mis ojos. Por eso retracto mis palabras, me arrepiento en el polvo y la ceniza (Job 42, 5 y ss)
A. G.