Abriendo todas las cámaras

En la obra teatral “El zapato de raso”, a la pregunta “¿Con qué debo orar?”, Paul Claudel le hace responder a Proeza: “Todo lo que nos falta, sirve justamente para rezar. El santo reza con su esperanza, el pecador con su pecado”. En nuestra oración, debemos presentarle a Dios nuestras carencias, nuestros anhelos, nuestras disconformidades con nosotros y con nuestra vida. Y debemos presentarle nuestros pecados, nuestros lados oscuros.

La oración sólo libera cuando le permito ver a Dios mis abismos, mis cosas reprimidas, mis cosas excluidas de la vida, las tendencias homicidas de mi corazón, lo erróneo y lo oscuro, las pasiones del alma, las necesidades y deseos que están debajo de la superficie. En la oración, puedo expresar mi miedo y mi desesperación. Puedo mostrarle a Dios todos los estados anímicos y los sentimientos que yo mismo no puedo explicarme. Puedo descubrir lo que he reprimido, lo que no he querido reconocer de mí mismo, porque me afecta mi honor, se quiebra la imagen ideal que tengo inconscientemente de mí.

Solamente si presento todo ante Dios, la oración me liberará. No necesito temer nada en mí. Todo puede ser, pero debe ser traído en relación con Dios. Lo que excluyo del encuentro con Dios es lo que me faltará en mi vitalidad, es lo que será excluido también de mi vida. Solamente me asaltará por la espalda y me dañará, en lugar de intensificar mi relación con Dios.

La oración no deberá ser piadosa, sino, ante todo sincera. Rezar significa abrir todas las cámaras de mi cuerpo y de mi alma, de mi consciente y de mi inconsciente y dejar entrar a Dios, para que Dios habite la casa entera de mi vida y la ilumine.

A. G.