El arte de agradecer

El autoconocimiento no sólo se realiza con la mirada puesta en mí mismo, sino, en gran medida, con la mirada puesta en el prójimo. Rezar por el prójimo es, por eso, un método fructífero del autoconocimiento. Cuando rezamos por el prójimo, analizamos también nuestra relación con él. Rezando por el otro, renunciamos a nuestros intentos de justificación, intentamos ver al otro a la luz de Dios. En esta luz, se nos aclara cómo estamos frente al otro. En una sentencia de los Padres, rezar por un hermano que me ha ofendido, se considera un instrumento para conocer mi propia enfermedad. Apenas deje de ver solamente los errores del otro, seré libre para conocerme a mí mismo y mi culpa.

Rezando por los demás, descubriremos que en lo más íntimo de nuestro ser estamos unidos a todas las personas, que todo lo oscuro y malo de los demás está también en nosotros. Rezando por los demás, se nos van las ganas de echarles toda la culpa a los demás.

Cuando agradezco intento aceptar todo tal como me lo da Dios. Al agradecerle a Dios los acontecimientos de mi vida, por los buenos y por los penosos, me acepto con mi pasado. Y solamente podré conocer realmente aquello que he aceptado. Recién al aceptarme como alguien a quien Dios ha querido que fuera así, puedo conocerme a mí mismo. Entonces, se me abrirá lo que Dios ha pensado para mí, cuál es la imagen que debe tomar cuerpo en mí. Lo mismo ocurre para todos los hechos y circunstancias. Descubro su verdadero sentido cuando renuncio a querer llegar hasta el sentido mismo y, en cambio, le agradezco a Dios por haberme exigido todo esto. Agradeciendo, renuncio a mis propios intentos de solución y confío en que Dios tiene buenas intenciones.
A. G.