Y si es sólo imaginación

A veces cuando estoy rezando solo en mi celda del convento, me asaltan las dudas: ¿Es cierto todo lo que piensas de Dios o es simplemente producto de tu imaginación? ¿Te lo imaginas así, porque es bonito que sea así, porque tú puedes vivir bien con ese pensamiento, porque así se puede predicar o escribir mejor? Cuando me sobrevienen estas dudas, intento pensarlas hasta el final. Y entonces me digo que sí, que puede ser que todo sea solamente producto de la imaginación, que toda la literatura religiosa sea sólo producto de la imaginación, que todo sea para la tranquilidad de la persona, para que pueda vivir mejor, que sea una ilusión para cerrar los ojos ante la amarga realidad. Pero si lo pienso completo, hasta el final, surge en mí una profunda certeza: No, la vida humana no puede ser tan absurda. No puedo imaginarme que todos los santos hayan corrido detrás de meras ilusiones, que toda la cultura sea tan sólo para calmar los nervios.

Es la pregunta básica referida a si las personas podemos reconocer algo de la verdad o si solamente andamos a tientas en la oscuridad y nos preparamos una ilusión a nuestro gusto. Pero entonces, todo es absurdo.
Si permito esta absurdidad, noto no solamente una certeza interior, sino que me resuelvo por la alternativa de la fe: quiero apostar a esta carta. Quiero seguir a san Agustín y no a los escépticos que encuentras en la absurdidad de la existencia su filosofía de vida. Y luego, la oración adquiere, en mí una nueva dimensión. Puedo tutear al origen primero de la existencia, a la causa de toda la creación. Puedo dirigirme a este “Tú” que está escondido detrás del velo del mundo visible. Sí, este Dios, este misterioso Tú, se ha dirigido antes a mí. Es una persona, una persona que me ama, que ha traspasado el velo de la existencia y me ha confiado con su palabra una idea de su misterio.
A. G.