Palabras y gestos

El diálogo con Dios busca ser el lugar de la intimidad en el que le digo todo a Dios: los anhelos, los presentimientos, los deseos, las heridas que hay en mi corazón. Intimar con Dios, es decir, expresarle realmente todos los sentimientos que están en mí, muchas veces sepultados porque yo mismo tengo miedo de ellos. Quizás surjan sentimientos muy infantiles, como el anhelo de protección y de amor, sentimientos que me oculto porque me son penosos, porque pienso que, como adulto, tendría que tenerlos superados. La oración me alienta a expresar realmente todo, a no guardar nada, mis anhelos más íntimos. Así, por ejemplo, puedo cruzar los brazos sobre mi pecho y presentarle a Dios mi anhelo de intimidad.

Un hermano de la congregación contaba que una vez, oculto debajo de las frazadas, le dijo a Dios todo lo que de otra forma no se atrevía, que le presentó a Dios los sentimientos que aparecían debajo de las abrigadas frazadas a la noche y que, a veces, apretaba una almohada sobre su pecho y así rezaba para mostrarle a Dios su necesidad de amor y ternura. Si tenemos valor de hablar y de expresar ante Dios lo que nos ocultamos a nosotros mismos, lo que solamente en el amor más íntimo le diríamos a una pareja, nuestra vida será más profunda y más vital. Perderá toda apatía y toda mediocridad. Seremos más auténticos y más libres. No temeremos más nuestro propio corazón. El corazón comenzará a palpitar. Y sentiremos que estamos realmente aquí, que estamos vivos. Que es maravilloso vivir. Y que, a la vez, es, por supuesto, doloroso. No hay intimidad sin vulnerabilidad. Pero eso es lo que nos hace vitales y auténticos.

A. G.