Entregándome a mis lágrimas

 

Todo tratamiento terapéutico conoce el estado del llanto. Ningún análisis ayuda al paciente si tan solo le descubre las causas de su neurosis. El paciente podrá utilizar el conocimiento en sí como una defensa para no plantearse el problema propiamente dicho. Tener conocimiento del hecho no me ayuda en nada. Recién cuando el conocimiento irrumpe en mí, podrá curarme. Sin participación emocional, no hay cambio posible en el comportamiento humano. Recién cuando el dolor reprimido ingresa en el corazón, la persona renuncia a los dolores sustitutos que se impone para protegerse del verdadero dolor. Jung dice que “la neurosis es siempre un sustituto de padecimientos legítimos”. Cuando la persona esquiva el dolor que padece, huye hacia la enfermedad. La curación podrá comenzar recién cuando la persona permita el dolor reprimido, la dolencia rechazada.

Este permiso está relacionado, generalmente, con fuertes llantos. Llorar libera a la persona de los sentimientos reprimidos que presionan por salir. Las lágrimas palian el dolor. Uno se libera de sus dolores llorando. Llorar se vuelve la única posibilidad de soportar un dolor que parece superarlo a uno y sobre exigirlo, y la única posibilidad de responderle. La persona no conoce otra respuesta, ni las palabras ni los gestos, salvo entregarse al llanto, soltarse llorando y así permitir el dolor y, a la vez, resolverlo y eliminarlo. El llanto alivia, mitiga, cura. Las lágrimas se vuelven repentinamente lágrimas liberadoras, redentoras, dichosas. El dolor se torna en alegría. La persona experimenta, en lo más íntimo, la curación que ya no se ve amenazada por el dolor, experimenta una alegría a la que ni las decepciones ni los fracasos pueden alcanzar. Es la curación de Dios que termina con todas las desgracias humanas.
A. G.