Las dudas nos mantienen vivos

 

Hoy no podemos hablar de Dios tan cándidamente como antes. Nos hemos dado cuenta de que incluso la teología hablaba de un Dios muerto. Buscar a Dios significa soportar su ausencia, pero al mismo tiempo creer que se encuentra muy cerca, que su presencia amorosa y redentora nos arropa, que está en nuestro corazón. Ir al encuentro de Dios significa que hemos atravesado por todas las dudas de nuestro tiempo, que a través de ellas confiamos en el Dios que se nos manifiesta en Jesucristo, que nos ha revelado su corazón en Cristo. Y es un corazón humano que se manifiesta en Cristo, un corazón que podemos entender en medio de lo incomprensible de este mundo. La pregunta de Dios que plantea la modernidad de forma más radical que antes, podría sensibilizarnos aún más para lo que significa poder ir al encuentro de este Dios misterioso, de este Padre de Jesucristo.

Las dudas nos mantienen vivos en nuestra búsqueda del verdadero Dios, nos impiden conformarnos precipitadamente con nuestra relación con Dios. Debemos antes tantear el misterio de Dios. En medio de nuestra oración, me detengo y pregunto: ¿Qué significa esto en realidad? ¿Quién es Dios en verdad? Y entonces, intento enfrentar mis planteos y mi búsqueda con la imagen de Jesucristo. En Jesús, se hace visible este Dios inconcebible, aquí se vuelve comprensible lo incomprensible. Entonces, cuando dudo, pienso en las palabras de Jesús del evangelio de Juan: “A Dios nadie lo ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha contado” (Jn 1,18). “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Jn 4, 9).

En la oración, esta tensión es esencial: pensar las dudas sobre Dios hasta el final y confrontarlas con Jesucristo, y contemplar a Jesucristo, y en Él percibir a Dios.
A. G.