Avanzando en el espacio de Dios

 

Hay dos formas de oración: expresar mi vida ante Dios, contarle y presentarle a Dios todo lo que me surge. Entonces, se deja de lado la vida cotidiana, los pensamientos y los sentimientos y se desciende hacia el espacio donde habita solamente Dios. En este lugar, presiento que orar me hace mucho bien, es una liberación, es respirar profundamente. Es un espacio amplio en el que avanzo con la oración. Nadie me cohíbe. Dios me deja estar allí a mis anchas, ser libre, ser auténtico. No solamente entro en contacto con Dios, sino que, por Él, entro en contacto también con mi propia y verdadera esencia. En Dios encuentro también una nueva forma de llegar a mí. Y allí puedo preguntarme de un modo diferente quién soy en realidad. No soy solamente el que está determinado por su pasado, por sus relaciones, por su trabajo, por sus sentimientos personales, sino que estoy en contacto con Dios, estoy en proximidad inmediata de Dios. Soy aquel en el que mora Dios mismo. Sí, soy aquel en el que Dios pronuncia su palabra, su palabra única que pronuncia solamente en mí. Avanzar en el espacio de Dios significa también estar en contacto con el secreto de nuestro propio ser, encontrarme a mí mismo. En este espacio, nadie tiene poder sobre mí, no me alcanzan las preocupaciones cotidianas, ninguna persona puede encontrarme allí. Allí, estoy solo con mi Dios.

La frase de santa Teresa de Ávila, “sólo Dios basta”, se convierte aquí en una feliz experiencia. Santa Teresa no busca hacer con esta frase un llamado moral para dejar todo, sino que describe su propia experiencia de cumplir su anhelo más profundo. En Dios, el corazón este encuentra paz, allí se ensancha y puede saborear la felicidad que Dios le depara.

A este lugar avanzamos desde en medio de nosotros, hacia la trascendencia, hacia Dios que trasciende nuestro yo y nos lleva, justamente, al misterio de nuestro propio sí mismo.
A. G.