Las manos juntas

 

Al practicar este gesto, es importante que estemos bien parados. Si no estamos en nuestro centro y nos paramos sobre un solo pie y sin apoyar el otro, las manos juntas serán una farsa. Ya no expresarán nada. Nos paramos bien y mantenemos las palmas de las manos algunos centímetros alejadas. Intentamos percibir, a través del intersticio, el contacto con la otra mano. Luego, juntamos lentamente las manos. Nos damos cuenta de cómo nos concentra. Las manos entrelazadas unen nuestra mente inquieta, reúnen la resistencia que hay en nosotros formando una unidad con nosotros.

Se origina en nosotros un circuito. Todos los pensamientos y los sentimientos, todas las oscilaciones interiores pasan a través de las manos juntas. Y en estas corrientes estamos conectados al circuito del amor divino. Podemos ponerlas con los dedos hacia arriba o hacia delante, delante del vientre o delante del pecho, apoyadas sobre el cuerpo o un poco alejadas. Y podemos notar las diferencias. ¿En qué posición podremos rezar con mayor intensidad? ¿Dónde será la posición afectada o poco natural? La posición podrá llevarnos al silencio. Se excluirá todo lo que moleste. Nos unimos a nosotros mismos para ofrecernos enteros a Dios.

Si durante la meditación estoy inquieto, al juntar las manos me daré cuenta de que me sosegaré nuevamente. Pero no puedo practicar todos los gestos y mantenerlos sólo como una postura, porque me resultará poco natural. En momentos de máximo recogimiento y respeto, esta posición me será de gran ayuda y será la expresión más adecuada de mi posición frente a Dios.
A. G.