Inclinándonos

 

Como ejercicio, nos paramos derechos conscientemente. Nos presentamos: ante Dios, somos sus interlocutores. Dios nos observa. Luego, conscientemente inclinamos la cabeza y observamos lo que se desencadena en nosotros. Luego, volvemos a levantar la cabeza, Dios nos sigue contemplando como sus interlocutores. Ahora, inclinamos lentamente la cabeza y los hombros y nos concentramos en este gesto. Para ello, podemos tratar de poner las manos en diferentes posiciones, podemos dejar caer las manos o cruzarlas distendidamente sobre el vientre o podemos mantenerlas cruzadas sobre el pecho. En cada posición, el gesto estará expresando algo diferente. No necesitamos estar rezando, sólo debemos estar presentes con nuestro cuerpo. El gesto es suficiente oración. Podemos también, preguntarnos: ¿cómo me percibo?, ¿cómo vivo a Dios y cómo vivo mi relación con Dios? O plenamente conscientes, podemos entregar a Dios, en este gesto, nuestro amor o el dolor que nos aflige en ese momento, el dolor por nuestro propio fracaso, por nuestra decepción o también por nuestro anhelo. Según el sentimiento que ofrezcamos en ese gesto, lo viviremos en forma diferente.

Nos erguimos nuevamente y contemplamos a Dios, percibimos la diferencia entre estar derechos como interlocutores y cuando nos inclinamos. Luego, hacemos una inclinación profunda, hasta que el torso quede en ángulo recto con las piernas. Podemos dejar caer las manos o entrecruzarlas delante del vientre. En esta posición permaneceremos más tiempo y concentrándonos en ella, percibiremos cómo nos sentimos así ante Dios. Cuando al terminar de cantar un salmo, hago esta profunda reverencia, estoy rezando una profunda oración.
A. G.