Arrodillarse

 

Nos damos cuenta de lo que logran las rodillas en nosotros cuando estamos erguidos conscientemente, cuando estamos ante Dios por nuestra propia causa. Luego nos vamos arrodillando lentamente. Y nos hacemos más pequeños. Nos arrodillamos en el suelo y nos damos cuenta de nuestra pequeñez frente a Dios. Pero nos damos cuenta de ello sólo cuando realmente estamos arrodillados en el suelo y no en los reclinatorios que nos falsean la esencia del hecho de arrodillarse. Podemos estar arrodillados simplemente un par de minutos, con las manos sueltas y relajadas. Luego, con las manos, podemos hacer los gestos más diversos, la posición del orante, la posición de los brazos abiertos en semicírculo o, con las manos abiertas hacia delante en la posición de cruz o con las manos juntas o entrelazadas o cruzadas sobre el pecho. No necesitamos, pues, de las palabras, simplemente rezamos con el cuerpo. Expresamos lo que está pasando en nosotros.

O probamos gestos y observamos concentrados lo que se desencadena en nosotros. Por el gesto solo, puede producirse un activo diálogo con Dios, un diálogo sin palabras. Podemos, además de arrodillarnos, inclinarnos, primero agachando la cabeza y en lo posible con las manos juntas. Es un gesto silencioso de veneración. O nos reclinamos hasta tocar el suelo con la frente. En esta posición presentimos lo que significa olvidarse de sí mismo, dejar de dar vueltas en torno a sí mismo, sencillamente nos postramos ante Dios y lo veneramos.
A. G.