Trabajando bajo una buena luz

 

Henri Nouwen descubrió un motivo para su creación en su trabajo. Una vez, hablando con el abad John Eudes sobre su experiencia, contó que las conferencias y las sesiones con sus pacientes lo fatigaban bastante. Entonces le reveló al abad los motivos de la fatiga: ponía demasiada energía en cada encuentro con las personas, en cada conferencia, como si tuviera que demostrar cada vez que él vale para que la gente lo escuche atentamente, para que el paciente se ponga en sus manos.

“Pones en juego tu personalidad, y cada vez comienzas desde cero. Precisamente en este momento cobran importancia la oración y la meditación, pues en ellas puedes encontrar tu más profunda identidad, lo que te dispensará de poner en juego toda tu persona cada vez que trabajas con los demás.”

Por correr permanentemente detrás de nuestra identidad y de nuestra autoafirmación en nuestro trabajo, nos sobreexigimos. Si lo hiciéramos como nuestra tarea, como el trabajo por el servicio en sí, no por el reconocimiento, estaríamos menos tensos y menos empecinados, y trabajaríamos tanto o quizás más y mejor. Queremos alcanzar demasiado con nuestro trabajo, y esto no es, en absoluto, el sentido del trabajo: queremos el reconocimiento de los demás, queremos ser alabados y considerados, queremos demostrarnos a nosotros mismos que somos capaces, que nuestro trabajo vale. Nouwen llama a esto intenciones secundarias. Y estas intenciones secundarias consumen mucha energía. Por supuesto que queremos comprometernos de lleno con nuestro trabajo. Cuando dicto una conferencia, debo entregarme de verdad a las personas, pero debo dejar de tratar de demostrarles que valgo la pena ser escuchado. No debo aspirar el éxito a cualquier precio. Debo decir lo que tenga que decir. La reacción del público es asunto del público. No debo forzar una reacción positiva ni manipular el tema al servicio de mi éxito.
A. G.