Oración perpetua

 

Al exhalar, debemos permitir que en nuestra respiración Jesucristo mismo nos recorra todo el cuerpo. La exhalación fluye hacia abajo, hacia la cavidad pélvica. Permitimos que el espíritu misericordioso de Jesús ingrese en todos nuestros sentimientos arraigados en los órganos de nuestro cuerpo, en el enojo en la decepción, en la ira y en la amargura, en nuestros instintos que –según los griegos- están ubicados en la parte concupiscente de la persona, en el bajo vientre. Cuando el Espíritu de Cristo inunda todo, podemos reconciliarnos con todo lo que hay en nosotros. Así, la oración a Jesús siempre nos llenará de más misericordia y bondad para con nosotros mismos y para con todas las personas.

Tras exhalar, hay un breve instante en el que no sucede nada, en el que ni exhalamos ni inspiramos. Este instante es, para los maestros de la meditación, decisivo. Aquí se ve si realmente me suelto y me entrego a Dios o si me aferro a mí. Si no resisto este instante y, enseguida, quiero inspirar, no me he soltado ni me he entregado a Dios. Este valioso instante del silencio absoluto y de no hacer absolutamente nada es el lugar donde nos dejamos caer en los brazos misericordiosos de Dios y, allí, presentimos el carácter de regalo que tiene toda nuestra existencia.
Esto me da la certeza de que Jesucristo está en mí y me acompaña. Cuando la oración está en mí, también está Jesús en mí y conmigo. Así vivo constantemente desde el encuentro con Él. Este encuentro le da a mi vida otro sabor. Pone, en todo lo que hago, algo de la misericordia amorosa de Dios. Hace de toda la vida una oración consistente, un encuentro con Dios en mi corazón. De pronto, la oración perpetua sencillamente está allí.
A. G.