Pistas para la oración

La vida desde el encuentro debe practicarse de modo muy concreto. No nos podemos quedar de brazos cruzados. Los monjes la practican rezando la oración a Jesús en todo momento y en todo lugar. Pero para poder rezar siempre, debo rezar primero en determinados momentos del día. Debo relacionarla con determinadas actividades. Cuando me despierto por la mañana, por ejemplo, debo rezar la oración a Jesús conscientemente. Cuando salgo de casa, cuando voy al trabajo, cuando entro en casa, cuando voy a ver a alguien, a cada hora cuando el reloj toca las campanadas, cuando suena el teléfono; en todos lados puedo rezar la oración a Jesús.

Las cosas externas podrían ser recordatorios que, con el tiempo, por sí solas articulen en mí la oración a Jesús. Cuando las cosas externas me recuerdan la presencia de Jesucristo que me ama, mi vida se vuelve distinta. No está caracterizada por acontecimientos externos, sino que, en todo encuentro a Jesucristo. Vivo, en todas partes y en todo lo que sucede, desde el encuentro con Cristo. Y desde el encuentro con Cristo voy al encuentro de las personas y de las situaciones en mi cotidianidad de una forma diferente. No son los hechos la lo que determinan mi estado anímico, sino Jesucristo, a quien encuentro en todo. La proximidad de Jesús desplaza la proximidad, muchas veces inoportuna, de las personas o de los problemas. Puedo darles la importancia que necesitan. No me dejo presionar por ellos, sino que me encuentro con ellos con cierta distancia interior. Los acontecimientos externos ya no pueden dominarme, porque vivo en todas partes desde el encuentro con Cristo. Así es también con las personas que se aman. Porque son conscientes de su amor, porque viven desde su encuentro amoroso, no permiten que los determinen hechos cotidianos. Están determinados, más bien, por el amor. Así, el encuentro con Cristo busca definir y transformar toda nuestra vida.
A. G.