El diálogo del amor

El encuentro entre Dios y nosotros en la oración se puede mirar desde Dios. Ciertamente, debemos estar siempre conscientes de que hablamos de Dios de una forma muy humana (antropomorfa). Pero la Biblia habla de modo tan humano de Dios, y también los místicos describieron sus encuentros de tal modo, que Dios se regocija con esta oración y la está esperando. Desde la teología, debemos decir que Dios no necesita de nuestra oración, se basta en sí mismo. Pero desde el amor personal de Dios, que se nos manifestó en Cristo, podemos decir que Dios se relaciona activamente con nosotros. Nos contempla con benevolencia y, como la luz del sol que baña nuestro cuerpo, así podemos percatarnos de su mirada. Nos acaricia suavemente en nuestra respiración que recorre todo el cuerpo y nos cobija con su presencia en la atmósfera que nos circunda. Y Dios espera que nosotros nos dirijamos a Él y nos curemos en el encuentro con Él. Dios es, al mismo tiempo, quien descansa en sí y no necesita de nuestra oración, porque se basta a sí mismo. Sin embargo, es también Aquél que se regocija cuando aceptamos su invitación y nos entregamos al encuentro con Él en la oración.

Sólo podemos presentir el misterio de Dios y el misterio de la oración cuando, al mismo tiempo, pensamos y sentimos en ambas direcciones. Dios es el motivo original de toda existencia en la que podemos zambullirnos en la oración, y Él es, al mismo tiempo, el enamorado que espera la respuesta de nuestro amor y a quien podemos encontrar como nuestro interlocutor, presentándonos de igual a igual con Él, tomándolo en serio. Podemos hablarle, y Él nos habla. Se entabla un diálogo del amor, un encuentro que nos ilumina siempre nuevos aspectos de Dios y de nosotros.
A. G.