Buscar la sanación

Las historias de curación nos pintan nuestro verdadero estado, y cómo éste se oculta pudorosamente debajo del barniz de una vida exitosa. Nos quieren animar a contemplar con sinceridad cómo nos va realmente. A menudo no nos atrevemos a mirar cara a cara la realidad de nuestro corazón. En las historias de curación hallamos personas que están exactamente tan enfermas y heridas como nosotros. Y se curan por su encuentro con Jesús. Sólo afirmándonos en la curación de esas personas podemos animarnos a contemplar las propias heridas y ofrecerlas a Cristo en la oración y la meditación. Y al hacerlo resulta provechoso reparar con cuidado en los pasos que sigue Jesús para curar a los enfermos. Esos pasos describen a menudo procesos de sanación que en nuestro caso duran mucho más. Sin embargo son importantes en cuanto a su orden. Nos muestran cómo puede operarse la curación también en nuestro caso.

Lo que vale para las historias de curación podemos aplicarlo también a las resurrecciones que se relatan en el Nuevo Testamento. Tomemos, por ejemplo, el episodio del joven de Naín (Lc 7, 11-17). Podríamos preguntar qué cosas hay en mí que, como aquel muchacho, quieren y no pueden vivir ¿Por qué no pueden vivir, por qué ha muerto ese joven en mí? ¿No puede vivir porque es el único hijo de su madre? Plantear tales preguntas no significa reducir la historia de la resurrección a algo meramente metafórico. Personalmente no tengo dificultades en creer que Jesús resucita realmente personas muertas. Pero si me estanco en el mero hecho, sin reencontrarme a mí mismo en la historia, tales historias me resultarían ajenas. Por eso es legítimo entender la resurrección de los muertos también de manera metafórica, para que me conciernan a mí mismo, aquí y ahora.
A. G.