Contemplar la curación

Puedo contemplar la historia de la curación (Jn 5, 1-9) de tal manera que me identifique con el enfermo y me ofrezca a Jesús en la meditación o en la celebración de la eucaristía, para que Él me cure.

Pero también puedo interpretar la historia en el plano subjetivo. Jesús sería entonces una imagen de mi yo, de esa parte que hay en mí que está sana e íntegra, que está unida a Dios. Mi yo tiene primero que tomar contacto con lo que está tullido y lisiado en mí, con lo que no desea vivir y no es capaz de vivir. He de contemplar y reconocer lo enfermo, lo que es causa de mi enfermedad; he de entablar un diálogo con las cosas enfermas que hay en mí. Permitamos que la parte enferma que hay en mí se lamente y exprese su angustia. Pero mi yo no debe dejarse arrastrar por ella; necesita distancia y desde esa distancia interior ha de decirle a lo enfermo que hay en mí aquellas enérgicas palabras: “Levántate, toma tu camilla y anda.” La curación sería entonces un acontecimiento que tiene lugar dentro de mí. Y Jesús como el arquetipo del yo tomaría entonces el lugar del sanador interior, del maestro que está en mí, el que sabe exactamente lo que es correcto para mí, el médico que hay en mí, el cual surge y se fortalece continuamente mediante el encuentro con el Médico Jesucristo en la meditación y la celebración de la Eucaristía.

El tercer modo de contemplar la historia de la curación sería identificarse con Jesús. Jesús me señala mis propias posibilidades. Contemplando su imagen tomo contacto con mi capacidad de ser para otros aquel que los lleve al agua, que los guíe hacia la propia profundidad, hacia las fuentes del fondo del alma.
A. G.