Interpretar las parábolas

 

Interpretar las parábolas a la luz de la psicología profunda significa, en primer lugar, hacerse cargo de los sentimientos a los que se alude y presupone en una parábola. No basta con reparar sólo en el punto de comparación, y pasar por alto todo el ropaje de la parábola. Más bien se trata de descubrir los sentimientos que animan a los oyentes. Porque la parábola quiere expresar los sentimientos del oyente de tal manera que éste pueda identificarse con los personajes de la parábola. En la parábola, Jesús interpela al oyente en sus sentimientos. El oyente se siente comprendido y tomado en serio. Pero luego le presenta súbitamente una nueva manera de contemplar las cosas. Irrumpe en la manera de pensar del oyente revelándole a Dios como la meta verdadera de nuestra vida.

Eugenio Drewermann opina que las parábolas encauzan nuestros impulsos hacia una meta trascendente y subliman nuestros afectos. La parábolas hacen referencia nuestros deseos y necesidades, a nuestras mociones interiores y nuestra visión de las cosas, pero encauzan imperceptiblemente esas mociones hacia una meta nueva y sobrenatural.

Drewermann habla sobre el arte de las parábolas… “de encantar de tal modo al oyente que acaba por trasladarlo del mundo de las experiencias habidas hasta ese momento, hacia otro mundo que, si bien contradice por entero al suyo propio, corresponde en sumo grado a sus deseos correctamente entendidos”.

Muchas parábolas no hablan en absoluto sobre Dios. Sencillamente describen experiencias de la vida cotidiana. A menudo pintan conductas inmorales de los hombres, no para justificarlos, sino simplemente como realidades. En tales parábolas, como por ejemplo la del administrador infiel (Lc 16, 1-8) o del juez inicuo (Lc 18, 18) “se trata de experimentar solidariamente y de la manera más intensa posible los sentimientos de las personas descritas, y de ese modo purificarse (Drewermann)
A. G.