Derecho a vivir

 

La parábola del juez inicuo y de la viuda (Lc 18, 1-8) no debe ser interpretada limitándola a la consigna de orar sin cesar y sin cejar en el empeño. Porque si la parábola sólo quisiera hacer esa afirmación, no la necesitaríamos. En cambio aquí se trata también de hacerse cargo de los sentimientos de esa viuda. ¿Qué le pasaría a una viuda que viviese en una ciudad, fuese acosada por un enemigo y no tuviese influencias, ni nadie que la defendiese, y cuyo derecho a vivir fuese pisoteado?

Ni siquiera quiere ayudarla el juez que está para hacer valer sus derechos. Esta mujer está entregada al arbitrio de dicho juez. Es una viuda, una mujer que ya no tiene esposo que la proteja y luche por ella. Está librada a sí misma. (…)

Nadie interviene, nadie se pone del lado de la viuda. Se la ha abandonado, se la ha desairado. Ella arremete en vano contra un enemigo que siempre se repliega y sin embargo está por doquier. Pero esa mujer no cede. Vuelve una y otra vez a la presencia del juez exigiéndole: “¡Hazme justicia con mi adversario!”. Actúa de una vez por todas, haz algo. Tengo derecho a vivir. Un enemigo quiere quitarme mi derecho. Es una mujer valiente, luchadora, que no se rinde cuando nota que el juez no tiene ningún respeto por los hombres ni por el derecho. (…)

Jesús narra las cosas de tal manera que, ante esa mujer a quien se le hace justicia a pesar de toda la desesperanza inicial, sentimos crecer en nosotros la valentía para no rendirnos jamás. Vale la pena luchar. Tenemos derecho a vivir. Y Dios hará valer ese derecho nuestro.
A. G.