El prójimo difícil

Una experiencia de los antiguos monjes es que Cristo nos habla también a través del hermano difícil. Y en este caso Cristo no quiere decirnos algo a través de las palabras de ese hermano, sino a través de toda su conducta, una conducta que evidentemente no tiene nada que ver con Cristo y su doctrina, sino que, al contrario, va en contra del Él. No obstante, el hermano que parece ser tan diferente de Cristo, porque me molesta y lastima, es designado por los antiguos Padres como médico que me ha enviado el mismo Cristo.

Evidentemente los monjes han hecho la experiencia de que el otro que me molesta, me enfrenta con mi propia enfermedad. Yo no reaccionaría tan violentamente a palabras ofensivas si éstas no me hiriesen en un punto débil. Ellas revelan esa área en la cual yo todavía no me he aceptado a mí mismo. Porque si yo conociese y aceptase mis flaquezas, podría entonces escuchar con serenidad las palabras de otro, he de confesarme que en mí hay algo que todavía no está en orden. (…)

El prójimo difícil me ayuda a un mejor autoconocimiento. Porque justamente los defectos que me irritan en el otro están también presentes en mí. “Lo que no está en nosotros mismos no nos irrita”, dice Hermann Hesse en su novela Demian. Basta pues observarnos a nosotros mismos, observar qué cosas de los otros nos irrita, para darnos cuenta de cuáles son nuestros propios defectos. Y así el otro puede ayudarnos a descubrir los defectos que hemos reprimido, que no queremos admitir ante nosotros mismos porque lastiman nuestra honra interior.

A. G.