Palabras de vida

 

Los versículos sobre el seguimiento de Jesús (Lc 9, 57-62) asustan a muchos. Se piensa que tales palabras plantean una exigencia que excede las propias fuerzas; se piensa asimismo que Jesús es tan radical que no se puede vivir en absoluto lo que propone. Una manera de eludir esas palabras es considerarlas como dichas solamente para sacerdotes y religiosos. Sin embargo Jesús las dirige a todos. La cuestión es qué significan. ¿Qué quiere decir seguir a Jesús adondequiera que vaya? Seguir a Jesús significa seguir la voz que me habla en lo más hondo de mi ser, no confiar en los consejos de los hombres sino tener el coraje de auscultar atentamente mi fuero íntimo, confiar en que Dios mismo me habla en mi corazón. Desecharé todas las voces superficiales en las cuales me habla mi superyó, en las cuales la sociedad me sugiere cosas y los amigos pretenden obligarme a algo, Jesús me habla en el fondo de mi alma, allí donde toda otra voz calla, allí donde incluso mi ego enmudece y le deja el señorío a Dios. La voz de Jesús en mí está siempre en consonancia con mi intuición más íntima. Con sus palabras de seguimiento Jesús nos anima a liberarnos de toda influencia externa para así ser capaces de seguir la intuición de nuestro corazón.

Para C. G. Jung, Jesús es el médico que libera al hombre del férreo abrazo de su familia, y lo individualiza. Porque ese hombre es importante en cuanto individuo y tiene que recorrer individualmente su camino. Sólo eso lo liberará de la inmadurez de una estrecha ligazón a la familia y de ese modo lo liberará también de estar abandonado a sus propias pasiones. Sobre este trasfondo las palabras de seguimiento de Jesús son palabras de vida, palabras que nos animan a atender más al olfato propio que a la opinión y patrones de la familia. Con sus primeras imágenes de las zorras y de las aves del cielo que tienen sus cuevas y nidos. Jesús está citando un refrán griego. Recorrer nuestro camino como hombres significa recordar continuamente que no tenemos hogar definitivo en esta tierra. “Somos ciudadanos del cielo” (Flp 3, 20). El hombre tiene un núcleo divino; en nosotros palpita el anhelo de un verdadero hogar.
A. G.