Caminar sobre el agua

 

Pedro se dirige a Jesús: “Señor, si eres tú, mándame ir donde ti sobre las aguas”. Sólo cuando deja de lado la fijación en sí mismo y se vuelve a Cristo con todo su ser, Pedro puede descender de la barca y caminar sobre las aguas. Interpretando este pasaje en el plano subjetivo, observamos que el ego, que hasta ese momento se aferraba a sí mismo, se dirige ahora al yo. Establece esa relación y así se anima entonces a abandonar la barca. Pedro desciende de la barca. Ahora ya no se aferra a sí mismo, sino que mira hacia Jesús. Mientras mantenga sus ojos en Jesús podrá caminar sobre las aguas. El agua, lo inconsciente, lo peligroso, lo oscuro y amenazante, pierde su poder.

Pedro puede caminar sobre las aguas, pero sólo mientras contemple a Jesús. En cuanto repare en el viento y en las aguas encrespadas, en cuanto contemple los problemas, las tormentas en su interior, los peligros que lo rodean, será nuevamente presa del miedo y se hundirá. Sólo el vínculo con Jesucristo es capaz de brindarle la confianza necesaria para caminar sobre la superficie resbaladiza del lago, para pasar por en medio del inconsciente sin ser devorado por él. En su angustia se vuelve a Jesús: “¡Señor, sálvame!”. Tan pronto como vuelva a establecer el vínculo con Jesús, encontrará ayuda. Jesús extiende entonces su mano y lo agarra. Y le pregunta por qué dudó. Dudar significa que uno mira o se encamina hacia dos direcciones; que uno quiere recorrer a la vez dos sendas. Mientras seamos arrastrados de aquí para allá entre las aguas y Jesucristo, nos hundiremos en el lago.
A. G.