Perdonar con libertad

 

A menudo hacemos depender nuestro perdón del arrepentimiento del culpable. De por sí es valioso que estemos dispuestos a tomar la mano que se nos tiende como gesto de reconciliación y olvidar lo sucedido. ¿Pero qué pasa cuando el culpable no manifiesta arrepentimiento alguno e incluso continúa siendo injusto para con nosotros? Entonces perdonar nos cuesta muchísimo. Jesús mismo y el diácono Esteban nos ofrecen un ejemplo impresionante en este punto. En efecto, ambos oran pidiendo perdón para sus adversarios, si bien estos no desisten ni en lo mínimo de su obrar criminal. Esteban estuvo dispuesto, hasta su último suspiro, a perdonar a sus enemigos, sin que por ello cesara de llover piedras sobre él. Aquí se muestra muy claramente cuánta fuerza interior puede exigir el perdonar de corazón. No basta para ello una aceptación pasiva sino que se exige un extremado esfuerzo de amor.

Si estamos dispuestos a perdonar a un hermano, cuidémonos de considerarnos mejores que él. Como nos cuesta perdonar, pensamos que estamos haciendo algo grandioso cuando trasponemos el umbral interior y perdonamos al hermano. Sin embargo no es ése el perdón que nos pide Cristo. En los dichos de los Padres se advierte siempre que en la disposición a perdonar no debe haber una actitud de superioridad ante el hermano. Según opinión de los monjes de antaño, si un hermano no acepta nuestro perdón, eso no se debe siempre a la dureza del hermano, sino a nuestra propia actitud, que brota más del orgullo que de la humildad. Si pensamos que con nuestro perdón le hacemos un favor al hermano, entonces lo estaremos avergonzando y le dificultamos la aceptación del perdón.
A. G.