El hombre encorvado

 

Los poetas nos obligan a preguntarnos una y otra vez cuándo caemos en la culpa, cuándo negamos la vida, cuándo negamos nuestra humanidad, cuándo negamos que en definitiva sólo podemos vivir en comunidad, cuándo nos encerramos en nosotros mismos… San Agustín consideraba al hombre encorvado o replegado en sí mismo, homo incurvatus, como imagen de la culpa. La cuestión es cuándo nos encorvamos replegándonos en nosotros mismos, cuándo nos negamos a mirar cara a cara la realidad, la realidad del corazón propio, la realidad de nuestro mundo.

Para C. G. Jung, culpa significa división. El hombre se isla entonces no sólo de la comunidad humana, sino que pierde también el contacto consigo mismo, con su verdadero núcleo. Según Jung, el pecado es negarse a aceptar las propias sombras y proyectarlas sobre los demás. El concepto bíblico de pecar significa errar. Erramos nuestra meta, erramos el objetivo de nuestra propia humanidad.

Otro concepto es el amor sui. Affemann, terapeuta evangelista, afirma que la sociedad fomenta esa tendencia a caer en el lazo del amor sui, en el amor narcisista a sí mismo, de tal manera que –hablando bíblicamente- el pecado en la actualidad va en aumento. Vale decir que los psicólogos advierten cuánto padecen los hombres la incapacidad de amar, la división interior y la negación de la vida, y cuán incapaces son de liberarse a sí mismos de ese lazo.
A. G.