Exculpación

 

Siegfrid Lenz dijo una vez que “la culpa es algo tan universal como los eclipses”. No podemos escapar de ella, todos tenemos parte en ella. “De algún modo todos somos culpables y hemos de responder los unos por los otros, porque todos integramos una misma red” (Lorenz Wachinger). Hoy hemos de confrontarnos asimismo con la culpa política y económica, y elaborarla. Redimirnos de nuestra culpa no significa cerrar sencillamente los ojos ante la culpa propia y ajena. La fe en que Cristo nos ha redimido nos ayuda a confesar y contemplar sinceramente nuestra culpa. Sólo así se podrá acabar también hoy con la culpa. Redención significa “la liberación del peso de la culpa… no sólo de faltas concretas y ciertamente conscientes, sino de esa paralizante condición de estar enredado en algo inabarcable”. Saber de nuestra redención de la culpa nos da por lo tanto el coraje para percibir y elaborar la culpa propia y ajena. Nos brinda también la libertad para tomar distancia de nuestra culpa.

En lugar de girar continuamente en torno de nuestra culpa haciéndonos reproches, imitemos a uno de los Padres del monacato, san Antonio, de quien se dijo: “Nunca se dejaba apesadumbrar por cosa alguna que ya hubiera pasado”. La fe en la resurrección me libera de la fijación en mi propia culpa. No pondré los ojos en mi mismo sino en Cristo que perdona mis pecados; en Cristo que en su agonía en la cruz se identifica con mi culpa para acabar con ella. La mirada creyente puesta en Cristo crucificado me otorga la libertad para desasirme de mis faltas y pecados. Lo que ha pasado, ha pasado. No tengo que justificarme. El perdón me da la libertad para mirar hacia delante confiando en Dios.
Por otra parte, nosotros, hombres de hoy marcados por la psicología, experimentamos la culpa no como una transgresión de mandamientos, sino más bien como negación de la vida, como pereza intelectual, como insinceridad y ceguera.
A. G.